Barcelona

Disfrutar, creo que ese ha sido el mantra que me ha acompañado estos días. He dormido como hacía tiempo no lo hacía, he comido disfrutando todo lo que buenamente he podido y he seguido trabajando en pasar más tiempo conmigo misma sin salir escaldada por ello.

Disfrutar: “Percibir o gozar los productos y utilidades de algo”

Barcelona invita a caminar, sus calles son perfectas para pasear, perderse sin pensar casi en las distancias ya que vayas donde vayas encuentras un sitio especial que determinará que esa caminata haya merecido la pena. Mi gran obsesión cada vez que voy a Barcelona son las fachadas, no puedo evitar imaginarme que sería vivir en una de esas casas con balcones que parecen sacados de un cuento.

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Comer bien en Barcelona es bastante fácil, como en todas las grandes ciudades te puedes encontrar con tanta oferta que es normal que también abunde la gastronomía destinada a la captura de turistas perdidos. Viajando se aprenden muchísimas cosas, tanto que abrimos nuestra cabeza mucho más que leyendo libros o estudiando intensamente la historia, pero además te da la capacidad de ir poco a poco aprendiendo a discernir donde podrás sentarte a comer y disfrutar de la comida de un lugar.

Aunque mi lista de sitios a los que ir era muy extensa, no tuve la opción de poder ir tachando aquellos que más ganas tenía ya que viajar con tu mascota al final te da mucho pero también te limita en otros aspectos.

En nuestro último viaje hemos visitado el restaurante Disfrutar. En su web suele salir que todo está completo, pero hacer como yo y llamar ya que siempre hay alguna mesa que suele caerse o sitio en la barra, como nuestro caso, que es tan válido como cualquier otra mesa. En nuestro caso más aún si cabe ya que solemos disfrutar cotilleando todo lo que hacen en las cocinas y de forma tan minuciosa preparan los platos o se coordinan entre ellos como si de una coreografía se tratase. Hay dos menús, uno de 105€ y otro de 145€ sin bebida. Estos dos mismos precios están disponibles para un menú de corte más tradicional y otro con toques más innovadores o mejor dicho, con matices más actuales.

El servicio está muy atento a que te encuentres como en casa, los platos suceden al ritmo que mejor se adapte a tus necesidades y las cantidades son perfectas para quedarte satisfecho sin sentir que te quedan por delante largas horas de digestión.

El resto de días improvisamos comidas y sobre todo cenas sobre la marcha y según las necesidades de nuestra mascota y además de la climatología que nos trajo un poco de cabeza los primeros días.

Otro de los caprichos que tenía pendiente era ir a la pastelería Hofmann y probar uno de sus croissant. Valen unos 2€ y la verdad es que están realmente buenos, nosotros probamos el que está relleno de mascarpone. Lo guardo en la memoria como un bonito momento ya que fue el broche final a una pequeña disputa. Nada que no solucione un buen postre.

Para desayunar fuimos a dos sitios diferentes, en ambos admiten perros y eso nos salvó la vida ya que sino tener que estar dejando a Rogelio en el hotel para cada comida que hacíamos era un engorro. En Wer-haus tomamos dos cafés, solo aptos para amantes del sabor intenso de un buen café  y una de las mejores granolas que he probado en mi vida. La marca es Sooishi y se fabrica en suiza. Ando en busca y captura de una receta similar o alguna forma de comprar un paquetito de las tres variedades que tienen. Además aquí empezó mi romance con el açai.

Otro día fuimos a Granja Petitbo, un sitio muy bonito en el que si es fin de semana igual tienes que esperar fuera a que te den mesa, pero que merece la pena esperar. Tienen una carta bastante variada pero sus zumos y cafés son muy buenos y los panqueques también son muy demandados.

El resto de días, como ya he comentado, los dedicamos a improvisar cenas de recortes en el hotel que después de desayunos y comidas opíparas bien necesitábamos descansar.

Hasta aquí nuestra última aventura,